En busca de paz: huyó de la guerra en Siria para vivir en un pueblo de La Pampa

Haneen Nasser tiene 24 años y abandonó su país natal, la convulsionada Siria, para forjarse un futuro en la Argentina, gracias a la ayuda de una amiga de apellido similar que conoció por Internet.

La pampeana Belén Nazer rastreaba a sus antepasados sirios libaneses por las redes sociales cuando se topó con Haneen, que vivía en un pueblito de la costa mediterránea siria. Al principio, creyeron que eran primas, porque un nombre en común en el árbol genealógico ubicaba a un supuesto bisabuelo de ambas como emigrante sirio a fines del siglo XIX. El dato nunca lo pudieron comprobar, pero entre los intercambios fue naciendo una amistad que se volvió férrea, al punto de que Belén se convirtió en la garante de Haneen para que fuera acogida en el país bajo un programa humanitario.Anteayer, en un vuelo de Turkish Airlines Haneen arribó al país. Hoy, la joven ya está instalada en la casa de su amiga.

Supo que debía huir de Siria en septiembre pasado, mientras se guarecía en Antalya, Turquía. Allí, durante los dos meses en que se reencontró con sus mejores amigos, Diala y Khalil, pudo «redescubrir la belleza de la vida» -como dice a LA NACION-, desplazarse sin restricciones, caminar hasta el mercado sin el acecho lejano de las bombas, fotografiar a la luz del día a la gente y a los objetos que le llamaban la atención. Siempre con mirada poética, rara vez documental. En Turquía no había vedas marciales, ni interrogatorios de militares como en su país, que le impedían fotografiar su ciudad, Latakia, un pueblo pintoresco, sobre el Mediterráneo, frente a Chipre, hoy atiborrado de desplazados y «convertido como en una prisión» de alta seguridad, donde el fuego cruzado de la guerra civil se palpaba a lo lejos, detrás de las montañas.

Esa geografía funcionó hasta ahora como un telón aislante, detrás del que las balas entre el ejército, los milicianos, los terroristas islámicos, los kurdos y las huestes de bandos cambiantes se intercambiaban a sus anchas.

En Latakia quedaron su padre -ingeniero- y su madre -ama de casa- y en la Universidad de Damasco, sus hermanos: Lilian, que estudia diseño de interiores, y Tarek, el menor, que ingresará a la carrera de medicina. Pero Basam, el padre, al que la une un fuerte Edipo, según reconoce, fue terminante: «Hoy ningún lugar en Medio Oriente es seguro», la previno y ella jamás iba a contradecir la certera voz paterna.

Anteanoche, cuando llegó a Ezeiza su hermana se enfureció. En los medios, leyó que en la Argentina le endilgaban el estatus de refugiada, un destino resistido por los sirios instruidos, de clase media, que no están dispuestos a lanzarse a las aguas, en una lotería de supervivencia.

«Lo que está en juego para mí es la construcción de un futuro que intento diseñar», concede mientras sirve café estilo sirio, fuerte y con la borra en el fondo del pocillo.

«No hay destrucción en mi ciudad, pero sí están todas las libertades cercenadas, al punto que debía conformarme con hacer fotos sólo dentro de mi cuarto. Y a veces ni siquiera eso porque tener luz era una lotería. Toda posibilidad de expresión para mí estaba coartada», cuenta Haneen.

Hannen es fotógrafa y traductora. Forma parte del Programa Especial de Visado Humanitario para Extranjeros y así se convierte en la primera refugiada en llegar al país.. Foto: LA NACION / Rodrigo NespoloHannen es fotógrafa y traductora. Forma parte del Programa Especial de Visado Humanitario para Extranjeros y así se convierte en la primera refugiada en llegar al país.. Foto: LA NACION / Rodrigo NespoloFoto 1 de 5

Dice estar feliz de permanecer en suelo pampeano, en este pueblo de 2000 habitantes. No piensa en el desarraigo o en la falta de sus seres queridos, sino en la arquitectura de un futuro sin temores, con libre albedrío, que para ella ya está en marcha. «Las grandes ciudades no son para mí y como los argentinos tienen la pasión de los sirios, siento que puedo comenzar perfectamente acá», señala.

Mañana mismo comenzará con clases de español. Se impuso un lapso de cuatro meses para aprender el idioma y poder pasar a la segunda fase de su plan de asimilación: la urge continuar con sus estudios de fotografía, tal vez en Santa Rosa.

«Quiero ser alguien que tenga una voz. No sé cómo lograrlo, pero al menos quiero intentarlo», revela y tal vez por pudor, intenta pasar por alto que debió desprenderse de su más preciada posesión: tuvo que vender su cámara de fotos para poder pagar los viajes en auto y así cruzar la frontera a Beirut y gestionar allí su visa. Lo material podrá eventualmente suplirse, deja entrever, pero nada se compara con la tranquilidad de espíritu de poder sentirse segura y forjarse un porvenir.

Echar raíces

Está sentada en el living de la casa que compartirá «tal vez por un año, quizás más» con su amiga Belén que solventó su pasaje y actuó como «familia llamante» para que ella pudiera obtener una visa humanitaria y residir por dos años en la Argentina.

Sobre la mesa está la shisha (narguile) azul que le trajo de regalo a su amiga y por la casa anda eufórico el caniche que Belén le regaló ayer y que Haneen bautizó «Joy» («Alegría», en su traducción del inglés), como si fuera una visión.

«Necesito sentirme segura, sentir que pertenezco a un lugar, echar raíces, trabajar de lo que me gusta y, si se puede, convertirme en ciudadana argentina», dice.

Al país aprendió a conocerlo por los intercambios con Belén, y por los de otro amigo argentino, Robert Fuhr, que vive en Serbia. El film Medianeras, de Gustavo Taretto, le terminó de perfilar a Buenos Aires como una ciudad enigmática y a los argentinos como miembros de una cultura interesante, llena de arte y de literatura.
Pero mucho antes de eso irrumpió la inventiva borgeana a través de Manual de zoología fantástica, que su madre le leía cuando ella tenía 10 años. Recuerda ese mundo onírico fascinante a partir de las ilustraciones de aquel libro como también aparece vívido en su memoria la semifinal en el último Mundial ante Holanda, y la final ante Alemania. Haneen, que de chica jugó al futbol, vivó con pasión por la Argentina.

Ella pertenece a la rama Alawi del Islám, seguidores de Ali Ibn Abi Talib. Rara vez pisó una mezquita, no profesa, prácticamente, una religiosidad y detesta los
extremismos. El islam, para ella, encuadra en una ética, en pautas de conducta, y en el valor supremo de la vida.

Dice no estar a favor del gobierno de Bashar al-Asad, pero sí respalda al ejército. «Todos los sirios cumplen dos años de servicio militar y tienen todos algún familiar en el ejército», dice respecto del orden que intenta imponerse en un territorio sumamente complejo y convulsionado y que, tras la Primavera árabe, pareciera rechazar cualquier dictadura.

A Haneen no le tiembla la voz cuando evoca a los afectos que dejó. Sus amigas prometieron que la visitarán donde quiera que ella esté el año próximo y con sus padres y hermanos hoy las redes sociales-dice- le permiten un contacto asiduo.

Y otra vez, aparecerá su desvelo: «Hoy mi propósito es llegar a ser alguien con un punto de vista que la gente escuche».

¿Me darías refugio en tu país?»

PARERA, La Pampa.-«Belén, ¿me darías refugio en tu país?, le preguntó por Skype Haneen siete meses atrás a Belén. Entonces, ésta se contactó con la Asociación Árabe de Santa Rosa y pidió ayuda. Con su magro sueldo de docente de inglés decidió costearle el pasaje, pero Haneen precisaba un visado humanitario para cumplir con los requisitos del Programa Siria, suscripto por el gobierno de Cristina Kirchner.

La visa le permitía residir en el país por dos años. Belén actuaba bajo la figura de la «familia llamante», y sobre ella recaían los gastos de manutención de su amiga.
Pero el trámite estaba frenado hasta que intervino la Asociación Arabe Argentina Islámica que preside Adalberto Assad, que gestionó una entrevista entre Haneen y la Embajada Argentina en el Líbano. Hasta allí se trasladó la joven que cumplió con los requisitos para ingresar al Programa Siria.

Fuente: La Nación